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Antisemitismo en Suiza

Suiza y sus añejos problemas con la cultura del recuerdo

En Suiza, se pide que se erija un monumento a las víctimas del nacionalsocialismo. La imagen muestra el monumento de Yad Vashem construido en Jerusalén en 1953. Keystone / Fabian Von Poser

La petición que exige que Suiza levante un monumento para conmemorar el Holocausto cuenta con un amplio apoyo político, también en sectores conservadores de derechas. Esto es algo nuevo. Durante mucho tiempo, la política oficial de memoria histórica en Suiza estuvo marcada por posturas políticas infranqueables y solamente empezó a desarrollarse lentamente a partir de los años 1990.

Este contenido fue publicado el 23 julio 2022 - 09:00
Miguel García

La demanda de que Suiza construya un monumento para la Shoá ya se había formulado por primera vez hace más de 25 años. El consejero nacional [diputado] del Partido Socialista (PS) y representante en el Consejo de Europa, Andreas Gross, quería conseguir, a través de una moción parlamentaria, que la Confederación evocara la memoria de los refugiados judíos entregados a la maquinaria de aniquilación de los nazis.

Pero el Consejo Federal [Gobierno] rechazó la propuesta. Según el ejecutivo, el tema era demasiado complejo para representarlo en forma de una escultura. Además, consideraba que este asunto pertenecía al ámbito de la enseñanza histórica y cívica. El hecho de que otros países sí conmemoraban la historia de este modo y que en Berlín se estaba realizando un concurso de diseño para un nuevo gran monumento al Holocausto, se estimó irrelevante. Se decía que en Alemania se trataba “de representar un sufrimiento inmenso que se había producido de forma directa ante los ojos de todo el mundo”, lo cual no era el caso de Suiza.

Aquí tampoco se había olvidado la guerra. Todavía en 1989, Suiza fue el único país europeo que conmemoró el día de la movilización y, por tanto, del inicio de la guerra en 1939. El Ejército y el Gobierno recordaban con orgullo la Segunda Guerra Mundial como período de la defensa heroica de la patria.

El jefe militar Kaspar Villiger y el coronel Nyffenegger conmemoran solemnemente el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1989. Keystone

“Auschwitz no se encuentra en Suiza”

Pero poco tiempo después, esta imagen que Suiza tenía de sí misma empezó a desmoronarse. Los descendientes de los judíos asesinados por los nazis exigieron en los años noventa la restitución de los fondos que todavía se encontraban depositados en cuentas de bancos suizos. El consejero federal [ministro Jean-Pascal] Delamuraz, miembro del Partido Liberal Radical (PLR) de la Suiza francófona, rechazó las demandas, calificándolas de chantaje, y todavía a finales de 1996 decía en una entrevista en tono sarcástico: “Cuando escucho a determinada gente, me pregunto a veces si Auschwitz realmente se encuentra en Suiza.” Además de los “fondos expropiados” a los judíos, se debatió cada vez más sobre la política de asilo suiza. Determinante para ello fue una solicitud del Centro de documentación Yad Vashem en Jerusalén, que pidió los nombres de los judíos expulsados por las autoridades helvéticas.

Ataque a la cultura del recuerdo: viñeta con motivo del 50 aniversario de la movilización de 1939. Efeu (Ernst Feurer-Mettler), Nebelspalter, 1989

Las presiones internacionales hicieron que Suiza asumiera su parte de la responsabilidad. Un paso importante dio el entonces presidente de la Confederación Kaspar Villiger (PLR), cuando se disculpó formalmente por primera vez por la injusticia cometida contra los judíos perseguidos. No obstante, su disculpa solamente se refería al “sello judío”, que se había introducido con la colaboración de Suiza, y no a la política de refugiados en general, como aclaró el entonces portavoz de prensa de Villiger.

Finalmente, en diciembre de 1996, el Parlamento creó una Comisión Independiente de Expertos (CIE) bajo la dirección del historiador Jean-François Bergier. Su cometido era realizar un amplio análisis de la política suiza en materia de hacienda, comercio y asilo durante la Segunda Guerra Mundial. Pero los resultados del equipo conformado por nueve investigadores no fueron aprobados por todos. Una parte de la opinión pública y los partidos burgueses rechazaron los estudios con el argumento de que eran demasiado parciales y negativos, y trataron de relativizar las conclusiones críticas.

Retrospectivamente, se puede constatar que Suiza, solamente después del cambio de milenio, se ha sumado paulatinamente al panorama internacional en materia de memoria histórica. Desde el año 2004, se conmemora, al igual que en otros países, el día de la liberación del campo de concentración Auschwitz el 27 de enero. Tanto el Consejo de Europa como la ONU introdujeron un día de conmemoración para recordar lo sucedido y prevenir futuros genocidios.

Además, la Confederación Suiza es miembro de distintas organizaciones internacionales consagradas a mantener despierta la memoria de la Shoá, como por ejemplo la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA, por sus siglas en inglés). En 2020, la entonces presidenta de la Confederación, Simonetta Sommaruga, se entrevistó con supervivientes del Holocausto y asistió a un acto conmemorativo en Auschwitz.
 

Tras negociaciones con Alemania, Suiza aceptó la introducción de un sello en el pasaporte que identificaba a los alemanes judíos, y con ello la legislación racial nacionalsocialista. Keystone/ Photopressarchiv

“Avería de la política de memoria”

Pero un monumento, tal y como se había exigido en 1995, aún no existe. Si bien se hicieron esfuerzos cada vez mayores para recuperar el pasado, no se logró establecer una política oficial de la memoria histórica. Cuando en 1997 se exigió en el Consejo Nacional un lugar de memoria —en condiciones muy similares a las de hoy—, el Consejo Federal renunció a una política activa en la materia y a dar seguimiento a este tema. Más tarde, el historiador Thomas Maissen criticó esta postura calificándola de “memoria denegada”, y Jakob Tanner, miembro de la CIE, habló de una “avería de la política de memoria”.

Tanner apoya la idea de un monumento nacional al Holocausto y deplora hoy la falta de una “cultura de la memoria significativa” en el ámbito federal, tal y como la conocen otros países. En su opinión, los monumentos y las placas conmemorativas dependen en la Suiza federalista más bien de la iniciativa de la ciudadanía, de asociaciones y grupos de interesados, de ayuntamientos, ciudades y cantones.

Efectivamente, las discusiones en torno al papel de Suiza en la Segunda Guerra Mundial dieron un impulso a algunas iniciativas locales en los años noventa. Hasta aquel momento, los lugares de memoria consistían en su mayoría en placas y lápidas conmemorativas en cementerios judíos. Ahora, algunos políticos y políticas, ayuntamientos y actores de la sociedad civil se movilizan para rememorar a las víctimas del Holocausto o a suizos como el comandante Paul Grüninger rehabilitado por el Consejo Federal en 1994, quien se destacó por haber ayudado a los judíos a traspasar la frontera suiza.

Pero el gran público sigue sin conocer la mayoría de esos lugares de memoria. Cierta sensación creó sobre todo la escultura ‘Shoá’ de Schang Hutter. En 1998, con ocasión de la celebración del 200º aniversario de la Revolución Helvética, el artista soleurano colocó su obra justo delante de las puertas de entrada al edificio parlamentario en Berna. Los críticos nacionales y extranjeros veían en este cubo de acero oxidado una “escultura ordinaria ingenua” que no hacía justicia al tema, y en Hutter veían un “profeta autoproclamado” que no tenía el derecho de levantar un monumento en representación de un pueblo perseguido.

Las disputas terminaron cuando, a los pocos días, una milicia del Partido de la Libertad (PL) —una formación nacionalista de derechas hoy llamada Partido de los Automovilistas— retiró ilegalmente el “bloque de chatarra” para devolvérselo al artista. A continuación, la escultura hizo un pequeño recorrido por el país y se exhibió incluso en la Paradeplatz de Zúrich durante unas semanas. Como muchos representantes de la izquierda, el consejero nacional socialista Paul Rechsteiner saludó la acción del artista Hutter porque contrastaba con “el intento de disimular el capítulo más delicado de la Historia suiza para reinterpretarlo con arreglo a una pulida visión oficialista”.

Entretanto existen en Suiza 54 memoriales o sitios de recogimiento vinculados con el Holocausto. No se trata de imponentes esculturas, sino de monumentos locales, o artefactos de más bien modesta apariencia. A estos monumentos se añaden diez “adoquines trompicones” que recuerdan a víctimas del nacionalsocialismo. Esta forma de conmemoración transnacional establecida en toda Europa empezó a introducirse en Suiza en 2013, donde últimamente está recibiendo el apoyo de una asociación.

Entre el recuerdo y el olvido

Las dos mociones más recientes podrían allanar el camino hacia un monumento central al Holocausto. El amplio apoyo a estas iniciativas demuestra que la relación de los suizos con el papel desempeñado por la Confederación durante la Segunda Guerra Mundial se ha distendido en los últimos quince años. Llama la atención que con Alfred Heer esté apoyando la idea un representante destacado de la derechista Unión Democrática de Centro (UDC), puesto que era este partido el que con mayor vehemencia criticó a la Comisión de Bergier, llegando incluso a rechazar el informe sobre la política de refugiados elaborado por la CIE.

La concordia suprapartidista evoca las palabras exhortativas del hebraísta estadounidense y especialista de los monumentos de la Shoá James E. Young, según el cual, la mayoría de los monumentos conmemorativos suelen poner un punto final a unos largos debates que preceden su materialización. Por eso, Young sospecha que estos monumentos favorecen más bien el olvido en detrimento de la memoria. El peligro del olvido se agudiza por el hecho de que en poco tiempo ya no quedarán supervivientes que puedan contar desde su propia perspectiva las atrocidades cometidas por los nacionalsocialistas.

En este sentido hay que saludar el borrador presentado al Consejo Federal, que prevé que el monumento vaya acompañado de un centro de documentación y una oferta educativa para advertir de las consecuencias que el racismo y el antisemitismo pueden tener en la actualidad y en el futuro.

Adaptado del alemán al español por Antonio Suárez Varela

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