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‘Made in the world’, adiós a las barreras geográficas

Keystone

Los productos abandonan paulatinamente las etiquetas ‘Made in Switzerland’ o ‘Made in USA’ para convertirse en productos ‘Made in the world’, que hoy representan el 80% del comercio mundial. Un modelo que multiplica los negocios, pero puede excluir a las economías más pobres. La OMC y otros actores intentan subsanar esta brecha.

Este contenido fue publicado el 07 junio 2013 - 11:00
Andrea Ornelas, swissinfo.ch

La globalización no tiene marcha atrás y su paso ha ido borrando las fronteras geográficas. El próximo avión al que usted se suba tendrá posiblemente un fuselaje italiano, puertas de salida francesas, instrumentos de control estadounidenses y un cajón central del ala nipón.

Son productos hechos en el mundo, una forma de comercio sustentada en las llamadas cadenas globales de valor (GVC) que, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), están presentes hoy en el 80% del comercio mundial.

 

Un país aporta la investigación; otro, el diseño; un tercero, la fabricación de componentes; un cuarto, el ensamblaje. Esta dinámica se repite en el sector de los servicios: algunos países se han vuelto expertos en los centros de atención telefónica al cliente (call centers), otros en la proveeduría de servicios contables o informáticos.

“Las  GVC se convirtieron en la espina dorsal y en el sistema nervioso de la economía mundial”, afirma el Consejo de la Agenda Global del Foro Económico Mundial (WEF), grupo de expertos que en 2012 diseccionó este fenómeno en el estudio La cambiante geografía del desplazamiento de las GVC: Implicaciones para los países en desarrollo y la política comercial.

Más oportunidades y empleos

Para Keith Rockwell, portavoz de la Organización Mundial del Comercio (OMC), las GVC aportan tres principales ventajas: nuevas oportunidades comerciales, un comercio más eficiente y la creación de empleo.

Cuando se comerciaban solo productos finales entre países, “se tendía a expulsar del mercado a los países más pequeños y pobres. Hoy, incluso las pequeñas naciones emergentes pueden desarrollar una industria capaz de especializarse en un segmento particular del sector automotriz o electrónico”, explica Rockwell a swissinfo.ch.

“Los países producen aquellas partes de los productos donde tienen ventajas comparativas. Y como consecuencia, generan empleo y hay más inversión extranjera directa”, añade.

Hans-Peter Egler, jefe de Promoción Comercial de la Secretaría de Estado de Economía (Seco), suscribe las bondades de esta forma de comercio global que, a su juicio, promueve oportunidades e intercambios eficientes de bienes y servicios entre los distintos mercados.

No son la panacea

El fenómeno, no obstante, también acusa debilidades. Si bien las GVC “generan oportunidades para que los países en desarrollo se inserten en el mercado global, no son accesibles para todas las economías”, señala Jean-Pierre Lehman, profesor de Economía Política Internacional en el IMD de Lausana y coautor de La cambiante geografía del desplazamiento de las GVC.

Las economías que toman parte de este comercio sin fronteras deben disponer de “una infraestructura razonablemente buena, un abastecimiento energético fiable, una fuerza laboral con un nivel educativo razonable y un ambiente favorable para los negocios”, explica a swissinfo.ch.

Según el citado estudio, las empresas que participan en estas cadenas deben asegurar a sus clientes que serán capaces de producir dentro de un marco de estándares requeridos y con condiciones laborales aceptables. “Condiciones que frecuentemente son difíciles de cumplir para las PME”.

La OMC reconoce que no todas las economías están en capacidad de aprovechar el potencial de esta forma de comercio. “Es verdad que muchos países pobres no participan en las cadenas globales de valor en el grado que lo desearían. Esto se debe con frecuencia a problemas con respecto a su capacidad. Carecen de la infraestructura física necesaria, del mercado legal, del conocimiento”, anota Rockwell.

‘Ajuste de cuentas’

La OMC y la OCDE alertan de que la fragmentación en los procesos de producción está desafiando la forma en la que el mundo observa e interpreta la evolución del comercio mundial.

“Lo que se ve, no es lo que hay en realidad”, señala la OCDE y cita un ejemplo simbólico: En una tableta Ipad, con un costo de fabricación de 187,51 dólares, la distribución del valor de los componentes será la siguiente: Corea (80,05 dólares), China (20,75), EEUU (22,88), Alemania (16,08), otros países (47,75). Esto “es solo parte de la historia”, precisa, ya que las firmas proveedoras utilizaron a su vez insumos intermedios importados para fabricar sus componentes.

En la actualidad, cada vez que un producto –o sus componentes- cruza fronteras para ser procesado o recibir valor añadido, es contabilizado.

Las cadenas globales de valor están provocando una distorsión en la medición tradicional del comercio exterior. La UNCTAD estima que de los 19 billones de dólares que totalizaron las importaciones mundiales en 2010, unos 5 billones corresponderían a productos que fueron contabilizados más de una vez.

La OMC estima que el comercio entre EEUU y China habría sido un 40% inferior en 2008, si se hubiera utilizado una metodología que considere el impacto de las operaciones de valor añadido entre ambas razones.

A través de la iniciativa Made in the world (Miwi initative), la OCDE y la OMC trabajan en una nueva metodología que reflejará el impacto del valor añadido en el comercio global y en una base de datos pública.

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Reducir la exclusión

Para fortalecer los eslabones más frágiles de la cadena del comercio mundial, hay diversas medidas en marcha, entre ellas Aid for Trade. Esta iniciativa, que promueve la OMC, reúne a agencias de cooperación internacional y a donantes con la misión de ayudar a los gobiernos de países en desarrollo a eliminar los obstáculos de sus economías para el comercio internacional. Entre ellos figuran Burkina Faso, Colombia, Vietnam, Honduras o Haití.

Rockwell recuerda que durante los últimos años se han destinado alrededor de 40.000 millones de dólares anuales a financiar compromisos con los países en desarrollo a través de programas diversos. Pero destaca que los países pobres tienen el compromiso de implicarse, instrumentado políticas que atraigan la inversión y mejoren la competitividad, como sucede ya con Bangladesh, Camboya, Vietnam o Costa Rica.

Suiza también pone un grano de arena para un comercio hecho en el mundo que beneficie a las naciones emergentes a las que Seco ya respalda con programas de desarrollo: “Apoyamos la promoción de materias primas agrícolas sostenibles, como el café, el cacao o el algodón, y la adopción por parte de las empresas de los estándares laborales que fija la Organización Internacional del Trabajo (OIT)”, dice Hans-Peter Egler a swissinfo.ch.

Importar… para exportar

La OCDE estima que entre sus 30 países miembros, el llamado contenido de insumos intermedios importados (imported intermediate input content) representó el 25% de las exportaciones que realizaron en 2005 (su dato más reciente).

En economías como EEUU o India, el peso de esta importación de insumos intermedios equivale a alrededor de 13% de sus exportaciones. En Brasil y Japón, ronda el 15%. Pero en Europa la proporción estimada es mucho mayor: Gran Bretaña (20%), Francia (25%), Alemania (26%), Hungría (56%) o Luxemburgo (60%).

En Suiza, el contenido de insumos intermedios importados utilizados en las exportaciones es del 30% aproximadamente. Según cifras de la OCDE, es más importante en sectores como el químico (70%) o los servicios (50%).

La OCDE presenta este mes de mayo un amplio informe sobre las implicaciones de las GVC. Y en julio se celebrará la Cuarta Revisión Global de Ayuda para el Comercio, que organiza la OMC y que estará dedicada a este tema.

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Suiza, bien posicionada

¿Qué economías avalan el comercio Made in the world y cuáles lo rechazan?

Keith Rockwell considera que, fundamentalmente, “están a favor de estas cadenas globales los países que ya se han integrado a ellas, por ejemplo, China, Singapur, México, Malasia, Camboya, Costa Rica o Chile. Y, por supuesto, las economías desarrolladas como Suiza, Japón, EEUU, Canadá y la mayoría de los países europeos”.

Las naciones menos entusiastas, opina, son aquellas que aún no se han integrado a las mismas.

Según Jean-Pierre Lehman “Estados Unidos es sin duda el país más beneficiado por las GVC”; sus multinacionales, como Apple, han sabido sacar el máximo provecho de este esquema comercial.

China también ha sabido aprovechar esta forma de comercio que ha facilitado su expansión económica, aunque “ahora que los costos laborales aumentan, se observan crecientes deslocalizaciones de empresas hacia países como Vietnam, Bangladesh o Indonesia”, advierte Lehman.

En América Latina –con excepción de México y Costa Rica– y África, el desarrollo ha sido limitado, añade.

Los entrevistados coinciden en que Suiza se inscribe en la lista de los ganadores. Rockwell destaca el peso que tiene el sector exportador en un país de solo 8 millones de personas, y Lehman considera que las grandes multinacionales suizas han operado exitosamente un comercio Made in the world.

Para Hans-Peter Egler, de Seco, las pequeñas y medianas empresas también han jugado un rol preponderante en el caso suizo. “La producción industrial en Suiza está marcada por PYME fuertes y altamente especializadas que importan productos prefabricados y semiterminados, los transforman y los exportan con valor agregado”.

Suiza es uno de los países cuyas exportaciones utilizan un mayor contenido de insumos intermedios importados, alcanzando un 70% en el caso de la industria química, y un 60% en la textil, según la OCDE.

Que la producción hecha en el mundo ha tomado las riendas del mundo es inobjetable, pero su acelerada expansión no deja indiferentes a los observadores que destacan con frecuencia que su éxito futuro depende de factores difíciles de prever.

Lehman recuerda que las inundaciones en Tailandia (2011) alteraron sensiblemente la cadena de suministros de este país hacia la industria automotriz internacional, y hace énfasis en relaciones como la de China y Japón, “fuertemente integrados en la producción, pero cuyos lazos políticos son tirantes, y donde el riesgo de una guerra, aunque remoto, está ahí presente”.

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