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Artistas callejeros: entre arte y marginalidad

Conjuntos conocidos en Suiza suelen también actuar en las calles como una manera espontánea de acercarse al público. Keystone

Con la llegada del invierno y de las fiestas de fin de año, los suizos se vuelven por costumbre más generosos y de ello se benefician, en primer lugar, los artistas y músicos de calle.

Este contenido fue publicado el 28 noviembre 2003 - 21:17

Para algunos son una verdadera epidemia, que se apodera de los lugares públicos e invade los buses y tranvías. Para otros, una lucecita que alegra los largos días grises del otoño.

La música no se aprecia sólo en los conciertos o en casa. Está también en la calle, mezclada con los ruidos de la ciudad.

Es música viva, en movimiento, inmediata, propuesta a la gente que la escucha durante el tiempo de pasar frente al músico, o simplemente porque el azar la cruzó en su camino.

Para algunos transeúntes esta música constituye una agresión, para otros una diversión, un placer. Sea cual sea el talento, los músicos de calle nos confieren la ocasión de escucharlos, de agudizar la sensibilidad, de pasar de una cultura a otra, de variar el paisaje de la vida cotidiana. Romper la monotonía.

Un fenómeno sociológico

Los artistas y músicos callejeros constituyen un fenómeno sociológico interesante en una época, en que la sociedad de consumo transformó la cultura en un gran mercado. Los músicos de calle escapan a la regla y conforman un universo variopinto, donde se mezclan estilos, clases sociales y nacionalidades. Los hay de todo tipo.

Ginebra y Zúrich concentran a lo largo de todo el año el mayor número de esta clase de artistas. Existen verdaderas redes, lugares alternativos que ofrecen espacios para esta especie de subcultura, pero también nos encontramos con solitarios, que se sirven de algún instrumento como la última posibilidad de supervivencia.

¿Quiénes son los artista de calle?

El sociólogo ginebrino Peter Meier se refiere a los artistas y músicos de calle como “un fenómeno cultural con antiguas raíces de la época en que no existía ni la radio ni la televisión. El teatro no estaba al alcance popular y entonces los artistas de calle eran los espectáculos más asequibles, después del circo.”

Es decir, reconoce ante todo una vocación artística de base en sus exponentes. Pero al mismo tiempo explica que “no hay que olvidar que, desde tiempos remotos la música ha sido una de las maneras más decorosas de mendigar”, y muestra estampas del siglo pasado, con niños tocando un viejo acordeón por un poco de pan y algunos centavos.

Yves Cerf es también sociólogo, pero además un apasionado de la música folclórica latinoamericana. Tras residir algunos años en Sudamérica a su retorno a Suiza decidió transformarse en músico de calle junto a otro amigo. Lo hizo sólo por amor a la música, nunca pasó el sombrero ni pedía que le pagaran por tocar la quena, su instrumento preferido.

“No soportaba a los Quilapayún ni los Inti-Illimani, conjuntos chilenos que recuperaron la música andina para convertirlas en banderas de lucha”, afirma. Para mí era como un robo al patrimonio musical indígena, por eso yo tocaba en la calle, improvisando para decir que esa era la verdadera música”.

Fabio, Luigi y Andrea hacen parte del conjunto Country Folk Music del Tesino, el cantón de expresión italiana. A menudo participan en festivales abiertos, que tienen lugar en diferentes ciudades suizas, editan sus discos y gozan de un reconocido prestigio nacional.

Pero en sus ratos de ocio prefieren salir a la calle y tocar espontáneamente en lugares públicos, para divertirse y de paso recoger algunas monedas y ofrecer una corrida de cervezas a sus amigos y seguidores, que valoran esta forma de expresar sus talentos.

Carlos Calvo es un joven español, un virtuoso del arpa y un alumno del Conservatorio de Basilea. Hace parte de la orquesta de su comuna, Riehen, y participa en concursos de arpa internacionales en representación de Suiza.

Pero en vacaciones, o los fines de semana, toma su arpa y se instala bajo las arcadas céntricas de la ciudad y toca para el público que le retribuye con algunas monedas que acepta gustoso.

En Tranvías y restaurantes

Los casos ya citados quizás corresponden a una excepción, no exentos de un poco de vanidad, propia de los artistas que gustan exhibirse. La calle los atrae y en ella buscan reconocimiento.

Pero la mayoría de los artistas y músicos de calle corresponde a otra categoría. A los que quedaron a medio camino en una ansiada carrera artística y los que han escogido esta forma de expresión como una forma de ganarse la vida en forma digna.

Desde que los costos de los viajes aéreos se hicieron más asequibles a los latinoamericanos, artistas y músicos de esta región invaden hoy los lugares públicos, los tranvías, hoteles y restaurantes de las principales ciudades suizas.

Durante los meses de verano es posible encontrarse con mimos argentinos, hombres de orquestas mexicanos, saltimbanquis brasileños, charanguistas bolivianos, acordeonistas chilenos, payasos, magos e ilusionistas de todas las nacionalidades.

Actúan en los tranvías, en los buses, en las ferias, frente a las Iglesias, a la salida de los supermercados, en las estaciones de trenes y en los restaurantes.

Generalmente el público los aprecia y en los restaurantes hay quienes los detestan, “porque aparte de que algunos cantan mal, estropean una cena social”, subraya el sociólogo Peter Meier. Por eso, los más exitosos cuentan con los permisos previos de sus propietarios, que realizan una especie de selección. Ya no cualquiera accede a un restaurante y canta.

Mendicidad y marginalidad

Pero actualmente asistimos a un incremento de los artistas de calle. Muchos grupos de latinoamericanos han encontrado una forma de ganarse la vida e incluso de servir de sustento a sus familias en sus respectivos países.

En Ginebra es conocida una red de artistas ecuatorianos que circula por toda Europa. “Vientos andinos” se llaman. Venden además artesanías y producen sus propios CD, gracias a las nuevas tecnologías digitales.

Tienen su cuartel general en el barrio popular de “les Grottes” donde la novia suiza de uno de los músicos les cedió una pieza de su exiguo apartamento. Allí alojan los que van de paso, porque la ley ginebrina no les permite actuar por más de 15 días seguidos y entonces circulan, y el sistema funciona.

Los últimos llegados son los músicos de los países del Este europeo, pero en particular albaneses, en su mayoría niños, que con el pretexto de sonar una flauta, un violín desafinado o un acordeón que poco suena, se dedican a mendigar.

Y esto no gusta mucho a las autoridades ni a los amantes de la música de calle. Por eso no es extraño que ante la presencia de la policía, los artistas improvisados escapan como si los persiguiera el diablo. (Este reportaje sigue en “más sobre el tema”.)

swissinfo, Alberto Dufey

Contexto

La mayoría de los artistas y músicos de calle corresponde a otra categoría.

A los que quedaron a medio camino en una ansiada carrera artística y los que han escogido esta forma de expresión como una forma de ganarse la vida en forma digna.

Desde que los costos de los viajes aéreos se hicieron más asequibles a los latinoamericanos, artistas y músicos de esta región invaden hoy los lugares públicos, los tranvías hoteles y restaurantes de las principales ciudades suizas.

A veces la frontera entre el arte y la mendicidad es difícil de diferenciar.

Los permisos de artistas permiten circulan legalmente por el país.

Los cantones y la policía están siempre al acecho para descubrir a los falsos artistas.

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